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Un viaje a las entrañas del Cerro Rico de Potosí

La vida en Potosí desde hace siglos gira en torno al Cerro Rico. Las minas allí construidas fueron el punto de partida de gran parte del tesoro que España se llevó de América durante la época de la colonia. Fue allí donde se instaló un eslabón fundamental para el crecimiento de las arcas de las coronas europeas a costa de la muerte de miles de miembros de los pueblos originarios de la región que fueron esclavizados para trabajar en la extracción de plata del Cerro Rico. Sí, las crónicas de historiadores del momento cuentan cómo dejaban su vida en la mina decenas y decenas de personas cada día. La plata de Potosí cuando era embarcada a Europa ya manchada de sangre.

Claro, algo de la plata extraída del cerro quedaba en la ciudad y era destinada a las enormes casonas de los españoles y sus iglesias. Dicen que la fisonomía que en su época de esplendor logró Potosí no tenía nada que envidiarle a cualquier capital europea. Hoy queda algo de ese legado arquitectónico aunque la ciudad ya no brilla como las vetas de plata del cerro. La explotación del Cerro Rico se mantiene también aunque ya no derraman plata sus venas. Apenas cobre y algún que otro mineral. Pero la explotación sigue. Bolivia no ha puesto límites a la extracción y los “hold outs conformados por capitales extranjeros”, nombre que toma una nueva forma de colonialismo, siguen vaciando esta tierra hermosa.

Tuve la oportunidad de conocer la dura realidad del mundo minero de Potosí desde dos perspectivas bien distintas. Primero hice la archifamosa excursión “turística” a la mina y tuve la suerte de tener un guía que en su curriculum tenía más de 10 años de minero pero también más de 15 como profesor de historia por lo cual fue un gusto recorrer el cerro con él. Y al día siguiente pude visitar una escuela secundaria ubicada en la ladera del cerro a la que asisten muchos hijos de mineros y a la vez, jóvenes que trabajan hoy en día en la mina. Fueron dos mañanas de historias duras, de esas que calan hondo en los huesos, dos caras de la misma realidad absolutamente injusta.

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Un cerro con venas de Plata

Los Incas supieron de la riqueza de su cerro pero lo habían consagrado a sus dioses por lo cual no extraían sus minerales. Para ellos la plata tenía un valor simbólico, de adorno, pero no comercial. Todo cambió con la llegada de los españoles. Allí se desató la locura y la codicia por exprimir las vetas del cerro. Un pastor que pasaba la noche en el cerro cuidando sus ovejas con una fogata les permitió advertir a los conquistadores el mineral brillante en la ladera del cerro. En ese momento, había tanta plata en el Cerro Rico que estaba en la superficie de sus laderas y brillaba con el sol, no hacía falta ni excavar para llegar a las vetas de plata. Esto desató la ambición de los españoles que comenzaron a extraer el mineral de las entrañas del cerro de manera desaforada.

La división de roles era muy clara: quienes ponían el trabajo eran los indígenas de la zona (hasta que se acabaron) y quienes se llevaban el resultado de su trabajo eran los españoles. Aunque el mineral que llegaba a España no era la totalidad de lo que se extraía: un poco se quedaban los criollos que organizaban la explotación del cerro, los piratas ingleses se quedaban con buenos botines saqueando barcos en el cruce del océano, la iglesia se quedaba con su parte también y los bancos que financiaban las expediciones a América también se quedaban con su tajada.

El trabajo de los incas y otros pueblos esclavizados se organizaba con el sistema de la mita. Era un trabajo a destajo que explotaba al máximo la fuerza de trabajo de cada sujeto y la exprimía a tal punto que los llevaba a la muerte. Se cree que en el interior del Cerro Rico hay cavado un sistema que conecta unas 5000 galerías de múltiples niveles de extensión, altura y profundidad. Además, a medida que la explotación del cerro avanzaba, la extracción del metal precioso se hacía cada vez más compleja. Esto suponía el uso de mayor cantidad de químicos, más dinamita y sobre todo, más fuerza de trabajo. Miles de personas murieron trabajando en el cerro a punto tal que se tuvieron que importar esclavos porque la mano de obra local se había agotado. Las enfermedades también aportaron lo suyo y la esperanza de vida de un obrero en el cerro no superaba los 7 años de trabajo. Fue una verdadera matanza.

Lo más triste, es que esta carnicería humana instalada en el interior de la montaña, continúa. Hoy ya no se saca plata del cerro, apenas estaño. Pero las condiciones de trabajo no han mejorado mucho. En el interior del cerro los accidentes se multiplican cada día, el trabajo infantil no sorprende a nadie a pesar de estar prohibido y a pesar de que el estaño no es tan rentable, las puertas de la mina siguen abiertas.

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Viajar al interior de una mina

Desde que uno llega a Potosí, el Cerro Rico resulta omnipresente en cualquier vista de la ciudad. Es una mole enorme que se yergue sobre esta ciudad ubicada a casi 4.000 m.s.n.m. Desde lejos, se ven las maquinarias trabajando en su ladera y los galpones pero los viajeros no nos solemos conformar con ver esta gran mole desde afuera. Queremos aventura y nos animamos a meternos en sus entrañas. Hoy el Cerro Rico no solo genera recursos por los minerales que se siguen extrayendo de él sino por las decenas de turistas que cada día se animan a explorar su laberinto de galerías.

  NOTA IMPORTANTE: La excursión al interior del Cerro Rico no es para cualquiera. Hay que tener cierto estado físico, demanda arrastrarse por túneles pequeños y caminar al borde de grietas que llevan a abismos que no se sabe dónde terminan. o es Mientras uno está en el interior pasan los carros con minerales a toda velocidad por lo que hay que estar bien de reflejo. Es una excursión que tiene ciertos riesgos pero bueno, una vez en la vida, vale la pena animarse

Visité la mina del Cerro Rico de Potosí con un grupo de viajeros que estaba parando en el mismo hostel que yo (La Casona Colonial, un lugar muy malo que no recomiendo en absoluto). Luego del desayuno en el hostel, había que prepararse para ir a la mina con la ropa adecuada. Nos dieron un overol azul gastado, un casco con luz, botas altas de goma y unos pañuelos enormes para taparnos la nariz y la cara al pasar por zonas de emanación de gases.

Ya con nuestros atuendos de “mineros” empezamos nuestro viaje hasta el cerro pero paramos en las afueras de la ciudad para comprar algunos “regalos”. Es tradición que los turistas lleven algunos regalos a los mineros que se cruzan en el interior del cerro: algunos llevan golosinas, otros gaseosas, coca, dinamita o incluso alcohol. Cada uno compra lo que quiera y la verdad que me sorprendió la facilidad con la que se compra dinamita en esta ciudad. Uno compra por un par de dólares dinamita junto con una Coca Cola y tres chupetines sin que te pidan ningún tipo de dato.

Ya con los regalos comprados, seguimos viaje hacia la parte superior del cerro. Antes de entrar tuvimos que cumplir con otro ritual local: pedimos protección a la Pachamama (la Madre Tierra) brindando en su honor con sorbo de alcohol puro. Fue el shot más potente que probé en mi vida. Creía que se me prendía fuego el esófago creo mientras iba digiriendo el traguito de alcohol.

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La gran cantidad de túneles que se han cavado en el interior de la mina hacen que no haya prácticamente dos visitas iguales. En nuestro caso, ingresamos al cerro por la denominada Mina La Candelaria, una mina en funcionamiento desde época de la colonia que permanece abierta. Los pasillos son estrechos en su interior y están repletos de carros que tienen pedazos de roca que los mineros han extraído para luego separar el mineral que se encuentra adherido a ella. Mientras caminábamos hacia el interior no paraban de pasar carros a toda velocidad. El clima en el interior de la mina oscila entre el frío y el calor extremo. En general, la sensación de falta de aire es generalizada y medida que se baja, peor es. Además los químicos que se usan para extraer el metal precioso aportan un olor fuerte que hace todo más desagradable. En el interior de la mina no hay luz natural, solo las luces de nuestras linternas y algunos faroles que usan los propios mineros que cruzamos trabajando. El piso además por momentos es un barrial y por otros está inundado. Hay grietas cada tanto que permiten filtrar agua y esto hace que el camino sea todavía más inseguro.

A medida que uno avanza, el camino se hace más difícil. El guía nos iba contando un poco sobre lo duro del trabajo en la mina pero no hacía falta que nos lo cuente. Veíamos perfectamente el sufrimiento de cada hombre al trabajar en esas condiciones. Cada vez el olor a algo parecido al azufre era más fuerte y nos faltaba el aire. Trabajar así, encima exigiendo al físico tanto, deber ser un verdadero castigo. Estoy seguro que todos los que cruzamos eran trabajadores muy jóvenes pero la mina había calado en su cuerpo. Se arrastraban empujando carros y nosotros detrás de ellos. Por un momento me replantié fuertemente qué demonios estaba haciendo allí. Estaba sufriendo mucho. Me faltaba el aire y el olor era fuertísimo. Ya estaba completamente mojado y embarrado y mi cuerpo no tenía muchas ganas de seguir bajando a las profundidades de la mina pero la sola idea de quedarme solo ahí dentro me daba fuerzas para seguir.

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Cada tanto se sentía una explosión porque los mineros seguían abriendo caminos en las entrañas del cerro. El suelo temblaba con cada explosivo y debo reconocer que nosotros también. En ninguna otra parte del mundo creo que debe existir una “excursión” con tanto riesgo. Me cuesta llamarla excursión realmente. Puede haber emanaciones de gas, puede haber un derrumbe, uno se puede resbalar en alguna grieta o te pueden golpear los carros que pasan a toda velocidad hacia el exterior de la mina. Cualquiera de estas cosas podría haber pasado y por milímetros o segundos no pasó.

Una de las cosas que más me preocupaba (además del olor, el aire que me faltaba y el cuerpo que me dolía) era que seguíamos bajando todo el tiempo, nunca volvimos sobre nuestros pasos por lo cual estaba seguro que faltaba mucho para que la “excursión” termine y yo estaba agotado. No lo estábamos disfrutando ni yo ni nadie. Por más que el guía nos contaba historias de sus días como minero o compartía con nosotros su saber sobre la historia de este pueblo y su mina, no podía concentrarme en prestarle atención.

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Uno de los hitos en el recorrido por el interior de la mina es una visita a “El Tío”. Daba miedo realmente. Era una estatua de un ser resultado del sincretismo de las creencias tradicionales de la región y las ideas del demonio que trajo a estas tierras la religión católica. Los pueblos indígenas de la zona creían que en las montañas vivían seres que te podían salvar o maldecir por lo cual siempre había que adorarlos y dejarles alguna ofrenda. Como estos seres se suponía que vivían en las profundidades de la tierra, los españoles lo identificaron con el diablo. Se le llamó luego “Tío” como una variación de tratar de decir “Dios” por parte de los pueblos originarios. Allí dejamos nuestra ofrenda y seguimos camino. Bajando siempre.

El laberinto de cavernas es algo indescriptible. Y uno pierde la noción del tiempo allí adentro. Estábamos muy cansados y la exigencia física era cada vez mayor. En el grupo varios empezaron a preguntar si faltaba mucho, si podíamos empezar a volver y el guía nos decía que faltaba poco. Efectivamente era cierto. Luego de caminar por un pasillo estrechísimo giramos en un túnel y al final de un pasillo larguísimo se veía la luz del sol. Por fin había terminado la “excursión”. Fue un placer verdadero abandonar la mina y volver a ver la claridad del día. Me senté, extenuado, para intentar procesar un poco todo lo vivido.

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Fue una de las situaciones más duras que me tocó vivir viajando. Sufrí mucho desde el momento en que se inició la caminata por el interior de la mina. Aprendí mucho y el esfuerzo valió la pena. Pero no lo volvería a hacer nunca más. Mis respetos a todos los hombres, jóvenes y niños que todos los días tienen que meterse a las entrañas de la tierra para ganar su sustento.

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4 Responses to Un viaje a las entrañas del Cerro Rico de Potosí

  1. Noelia 01/17/2016 at 17:49 #

    Hola Pablo! yo también hice esa “excursión”.La verdad es que no la senti tan peligrosa como vos, quizás porque mi guía transmitía mucha calma, y eramos pocos. Tampoco me pasó lo de la falta de aire -nunca me pasa, ni en El Alto o La Paz sufrí la altura- ni la claustrofobia -quizás porque ya entré re mentalizada- pero sí me parecieron muy incómodas las bajadas (hasta cedió un poco de tierra y “resbalé” hacia abajo) y muy bajos los techos -soy demasiado alta, e iba cargando equipo fotográfico- . No lo volvería a hacer, pero es una buena oportunidad para ver las condiciones de trabajo de las personas de la región.
    Espero tu próximo post =)

    • polviajero 01/17/2016 at 19:20 #

      Buenas! si, tal cual, super interesante para comprender un poco “con el propio cuerpo” las condiciones de trabajo de los obreros… una cosa es que te lo cuenten y otra muy distinta estar ahí dentro. Saludos Noe!

  2. Marchu 01/16/2016 at 19:36 #

    Muy interesante todo lo que comentas!! Creó que esa visita fue asombrosa y muy riesgos, pensar q se te viene el techo encima wow!!! Visitar una mina y una plataforma petrolera son recorridos que nunca realizaría y se suma a mi lista de los nunca!! Muy meritorio lo tuyo. Un cariño Paul y gracias x mostrar esta realidad.

    • polviajero 01/16/2016 at 20:27 #

      Marchu, sí… yo lo pongo en la lista de: “ya lo hice y no lo vuelvo a hacer nunca nunca más” jejeje pero bue, una vez en la vida… solo para saber que se siente… abrazo desde Ecuador!

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