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Resistir un alud

En marzo de 2015 el norte de Chile se vio afectado por un fuerte temporal con lluvias inusuales en la región que llevaron al desbordamiento de diferentes ríos en diversas localidades de las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo. Durante el 24, 25 y 26 de marzo, la lluvia que cayó en la zona fue descomunal y la región de Atacama y particularmente la ciudad de Copiapó fueron una de las zonas más afectadas por el temporal..

En la ciudad de Copiapó, el inusual temporal provocado por las intensas  precipitaciones, llevó a la crecida y desborde de los ríos Salado y Copiapó, el último llegó hasta las calles céntricas de la ciudad, inundándolas aún más, generando decenas de personas aisladas por cortes de rutas y cortes de energía eléctrica. La presidenta Michelle Bachelet declaró inicialmente zona de catástrofe y el 25 de marzo se declaró el “estado de excepción constitucional” en toda la región de Atacama, por lo que las Fuerzas Armadas tomaron el control de la zona.

Más de 500 personas perdieron su casa y tuvieron que ir a albergues. Servicios de comunicación interrumpidos, inundaciones en villas, condominios y poblaciones y la interrupción de las actividades comerciales y de servicios público fueron parte del balance inicial que arrojó el temporal.  Y lo peor de todo, unos 10 desaparecidos.

El diluvio en plena madrugada hizo que la quebrada de Paipote bajara con toda su furia y arrojara todo su material -lodo, basura, troncos- por avenida Los Carrera. La situación se tornó crítica y los residentes del centro de la ciudad vieron con estupor cómo un brazo del río pasaba por la puerta de sus casas y comenzaba a colarse a sus jardines. Pero eso era una parte de la emergencia, puesto que el río Copiapó, cuyo lecho llevaba cuatro años seco, estaba creciendo y desbordándose y  así arrasaba también con casas y con cuanto encontró a su paso. Incluso se desbordó en pleno centro de la ciudad a la altura del mall Plaza Copiapó, donde el agua comenzaba a llegar hasta los estacionamientos. Los pronósticos más pesimistas se habían cumplido. En el centro, el agua que bajó desde los sectores altos y por Los Carrera desde la quebrada de Paipote, inundó todas las calles e incluso la plaza principal de la ciudad, la plaza Arturo Prat quedó bajo el agua.

La municipalidad de Copiapó dispuso la instalación albergues, en las escuelas de Paipote y Bernardo O’Higgins, hasta donde llegaron alrededor de 600 personas. También se armaron albergues en Tierra Amarilla, Chañaral y Caldera, localidades cercanas a Copiapó. La residentes de los sectores altos y del borde del río fueron derivados a los albergues habilitados en la capital regional, donde la municipalidad dispuso de camas y alimentación para proteger a quienes perdieron su hogar.

Fue una verdadera catástrofe lo que se vivió en Copiapó.  Y como suele suceder en estos casos: los más afectados fueron los más pobres. Ellos viven en los sectores altos de la ciudad, y a la vera del río, justamente en los lugares donde el impacto del alud fue mayor.

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Llegué al Liceo José Antonio Carvajal, en la ciudad de Copiapó, una mañana de noviembre. Con un día de mucho sol, un cielo celeste intenso y con la ciudad funcionando en plena normalidad, nada me hacía recordar a esos días tan oscuros del alud.  Sin embargo, por más que ya habían pasado varios meses desde la tragedia, seguía estando presente en cada conversación que uno entablase con alguno de los profesores que allí trabajan. Claro, los alumnos del colegio fueron los principales damnificados dado que forman parte de la población más pobre de la ciudad y por lo tanto, la más afectada.

María José, la psicóloga que trabaja en la institución me contaba “Muchos perdieron todo, muchos de nuestros alumnos que viven en el sector donde el impacto fue mayor perdieron todo. Sería el sector Paipote como yendo al camino internacional por allá arriba se vinieron encima las quebradas… fueron como 17 quebradas que se vinieron y se llenó todo de barro, de agua… fue tal la cantidad de lluvia que nosotros aquí en Copiapó no estábamos acostumbrados a tanta agua que también muchas cosas cedieron, construcciones y como nuestros niños viven en esos sectores, fueron muy afectados…”.

Si bien la escuela no fue afectada por el alud, sí se vio indirectamente dañada por el colapso del alcantarillado de la ciudad y además funcionó como centro de acopio de alimentos para los damnificados. Durante más de dos meses, no hubo clases y aún hoy, ya casi en la finalización del año, el horario es restringido.

Cuesta acomodarse a la vida cotidiana después de una tragedia. Incluso en la vida cotidiana del colegio, el alud dejó su huella: cambios en el comportamiento de los jóvenes, más peleas, más conflictos. Todo parece alterado.

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Llegué al Liceo José Antonio Carvajal en el marco de la investigación para lo que llamé el “#proyectoescuelas”. Se trata de un colegio secundario que atiende en su mayoría a población en situación de vulnerabilidad social. Una de sus autoridades, durante la entrevista me decía: “Generalmente nuestros alumnos son de los sectores altos de la ciudad… generalmente son de zona minera, ellos son o bien de la parte minera o de la parte del valle que son los parronales, entonces son gente temporera… por eso entonces decimos que acá los profesores somos docentes, psicólogos, sociólogos, mamá, papá… tenemos que hacer toda la labor… o tenemos un papá minero que está no sé cuántos  días en la mina y la mamá temporera que sale temprano al valle y vuelve a cualquier hora a la noche entonces los chicos están prácticamente viven solitos… son niños que se crían a la deriva, el colegio para ellos es todo… llegan temprano o relativamente temprano y están todo el día”.

Charlando sobre el impacto que la tragedia natural tuvo entre los alumnos, la jefa de UTP me comentaba “muchos de ellos tuvieron que abandonar la ciudad e ir a refugiarse a otra parte, algunos volvieron y otros se quedaron, otros desertaron, algunos se fueron a casas de familiares en otro poblado…”. Y de hecho, la escuela que comenzó el c año con 1400 alumnos matriculadas lo está cerrando con poco más de 1100.  En el medio 300 chicos desertaron.

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El Liceo José Antonio Carvajal es un liceo de los emblemáticos de la ciudad de Copiapó, con poco más de 150 años de existencia. La población  que asiste a la escuela es la más pobre de la ciudad, un 90%  del alumnado está catalogado como perteneciente a un contexto vulnerable o prioritario. Hoy en día, a las situaciones típicas de la educación en contexto de pobreza, se le suman nuevos problemas: la droga, el alcoholismo, la violencia familiar. Trabajar en esta escuela supone para los docentes un desafío especial. María Isabel, la jefa de la Unidad Técnico Pedagógica afirmaba cuando la entrevisté: “nosotros tenemos que tener mucha resistencia, mucha tolerancia y empatía… si no, no podríamos seguir adelante. Uno dice ya… este pobre cabro, sufre esto, tiene estas carencias, entonces uno se entrega y trata de trabajar con ellos, pero para poder hacer eso tenemos que ser fuertes, ser resistentes… eso yo creo que es admirable en los colegas”.

Durante la entrevista que  tuve con la Jefa de la Unidad Técnico Pedagógica uno de los temas que abordamos fue el de la calidad de la enseñanza en la escuela. Me comenta que en general la escuela no tiene buenos resultados en las Pruebas SIMC (pruebas estandarizadas de medición de la calidad educativa que se toman en todo Chile). Y esto se debe a que las pruebas para ellos no son una prioridad, como sucede con algunos institutos privados que reorganizan su curriculum para preparar a los alumnos para las pruebas. Aquí las prioridades son otras. La jefa de UTP comentaba al respecto: “Es como poco coherente preocuparme por las pruebas. Yo aquí el día lunes en la hora de jefatura me tengo que preocupar por abordar el grupo, la presentación personal, la parte valórica… por eso nosotros le hemos dicho a los colegas, no nos preocupemos tanto por las pruebas… es cierto que la educación es fundamental pero como logro yo esa educación en primero si los niños llegan acá… no tienen hábitos de nada, no tienen valores, entonces yo primero tengo que abordar eso, primero la formación y una vez que tengo eso un poquito formado teniendo un poquito de claridad de qué es lo que quiero, para dónde voy, luego le cargo la mochila con otras cosas”.

La conducción del colegio tiene claro cuáles son sus prioridades incluso en un sistema educativo como el chileno, tan competitivo, preocupado por los resultados y las evaluaciones. María Isabel me comentaba: “nosotros hemos sido siempre un colegio de corte social, para nosotros la prioridad es la persona, y yo les decía a mis alumnos, lo principal son ustedes como persona, que sean gente de bien… lo demás viene por añadidura… todo lo que es contenido yo apretó un botón en la computadora y lo encuentro, pero resulta que el ser persona no lo voy a encontrar en ninguna parte, yo me tengo que ir formando de a poco, en el día a día… eso ha costado de hacer entender a los colegas más jóvenes de qué entiendan…”.

Me fui del colegio pensando. Quizás las problemáticas específicas de cada lugar sean diferentes pero no podía dejar de vincular las palabras de estos profesores con mi propia experiencia como profesor en Soldati, en Buenos Aires. Este camino por las escuelas de América Latina de a poco me demuestra que más allá de las especificidades de cada contexto,  hay problemáticas comunes.

Esta escuela fue para mí un ejemplo de resiliencia, de resistencia a las circunstancias adversas. Los arrasó  un alud y así y todo, siguieron con las puertas abiertas. Recibiendo a todos, incluso a los que otros descartan.

Para los que quieran seguir el proyecto:

  • Para los que quieran conocer más en profundidad el proyecto pueden hacerlo a través de este link: Proyecto Abreviado
  • Pueden seguir el día a día de este viaje a través del blog con la nueva sección que armé para ir contando el avance del trabajo de campo de la investigación y las diferentes experiencias que voy viviendo en este PROYECTO ESCUELAS
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