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Zimbabwe

 Historias Breves en grandes viajes es una sección del blog que busca recuperar las historias, anécdotas y pequeños sucesos de la vida viajera que quedan perdidos entre los post de grandes viajes.

[Historias Breves] Una de las maravillas naturales del mundo: las Vic Falls

El grupo de viajeros que habíamos conformado transitaba ya sus últimos días. La jornada de hoy sería especial porque viajaríamos a nuestro destino final compartido: las Cataratas Victoria, en la frontera entre Zambia y Zimbabwe. A partir de allí, cada uno seguiría su rumbo. Esto generaba un clima ambiguo en el campamento: se mezclaban los sentimientos de tristeza por el final que se acercaba y la vez, una gran emoción por llegar al inmenso paraíso natural, que prometía ser un destino deslumbrante.

Al poco rato de andar en el camión por las rutas de Botswana llegamos a una nueva frontera. Otro sello más en el pasaporte y un nuevo país que se extendía delante de nosotros para explorar: Zimbabwe. Como ya se había hecho costumbre en las últimas semanas, la lluvia nos acompañaba. Llegamos a la ciudad de Victoria Falls en medio de un diluvio pero por suerte esta vez no nos tocaba dormir en carpas sino que nos pudimos instalar en un hostel con bastantes comodidades.

La pequeña ciudad de Victoria Falls se encuentra a menos de un kilómetro de las cataratas y ofrece una amplia oferta hotelera, para todos los bolsillos: desde suntuosos hoteles hasta campamentos para mochileros. Más allá de eso, es la típica ciudad de frontera: mucho tránsito de gente que está de paso, mucho comercio ilegal y debido a su cercanía con el gran atractivo natural de la zona, decenas y decenas de turistas que llegan cada día. Creo que después de haber andado tantos días solos en la inmensidad de la sabana, ya nos habíamos desacostumbrado a tanta vida social.

Unir el centro de la ciudad de Victoria Falls con el ingreso al Parque Nacional supone sortear varias cuadras de intensos vendedores que se las ingenian para atrapar a cada grupo que llega. Realmente es una situación tediosa porque los vendedores son muchos (cientos realmente) y se llegan a generar situaciones que rozan la violencia con tal de lograr una venta. Intentando esquivar vendedores de souvenirs comencé a buscar caminos alternativos y así encontré a Ítalo, un viajero español que andaba con una misión equivalente. Juntos logramos finalmente llegar al ingreso al Parque y salir de la zona de los vendedores: fue como transitar del caos a la paz absoluta, un instante casi místico.

El día no ayudaba mucho porque estaba completamente nublado y la lluvia era inminente. Lo peor de todo era que los cientos de vendedores de souvenirs nos habían mostrado lo lindas que son las cataratas los días soleados y el escenario que se nos presentaría ante nuestros ojos suponíamos que iba a ser bastante diferente. Sabíamos que puede pasar esto siempre que uno viaja para disfrutar de algún paisaje dado que el factor climático no se puede manejar a gusto, pero lo peor de todo creo que era la sensación de haber visto tantas postales y cuadros con el sol brillando sobre las cascadas y el cielo celeste como contraste de la selva. Frente a lo inevitable, intentamos aplicar el dicho popular: “al mal tiempo, buena cara”. Tratamos de poner todo nuestro de poner todo nuestro entusiasmo al iniciar el recorrido por las plataformas y la verdad que la naturaleza nos sorprendió una vez más: el paisaje que se abría ante nuestros ojos era realmente maravilloso.

El sonido de las cataratas se escucha desde lejos. Ni hace falta acercarse para sentirlas. Y dicen que la bruma que emana de ellas se ve desde varios kilómetros alrededor. El Dr. Livingstone en 1885 fue el primer europeo en llegar a la zona y quedó fascinado con el espectáculo que se alzaba ante sus ojos. Puso a las cataratas del Río Zambezi el nombre de su Reina como homenaje: Victoria. Si bien la Reina Victoria de Inglaterra no visitó jamás estas cascadas de más de 120 metros de altura, su fama llegó a sus oídos dado que a medida que los ingleses se iban apoderando de los territorios que actualmente pertenecen a Zambia y Zimbabwe fueron divulgando también la presencia de esta maravilla de la naturaleza en su vuelta a casa en el viejo continente. Dicen que Livignstone escribió en su diario de viaje: “una escena como esta, solo puede haber sido vista por los ángeles en sus vuelos por el cielo”. La cortina de agua que se desploma sobre el río tiene poco más de 1700 metros de largo y en su foso el río sobrepasa los 90 metros de profundidad y según los cálculos que se han realizado, caen 500 millones de litros de agua por minuto.

Las pasarelas están ubicadas justo por encima del Río Zambezi, justo por encima de las gigantes caídas de agua por lo cual vista panorámica es fantástica. Realmente uno se encuentra ante lo insignificante de la propia existencia al contemplar esta maravilla de la naturaleza. El río Zambezi cae al vacío con tal fuerza que al desplomarse parece hacer un hueco en la tierra. Y claro, estamos en África por lo cual la naturaleza no deja de multiplicar la diversidad de escenarios para maravillarnos: no muy lejos de las cascadas, un grupo de elefantes observa casi con tanta atención como nosotros la caída del agua. Cerca de ellos, unos cocodrilos parecen estar tramando algo y un grupito de cebras se acerca a beber agua del río despreocupadamente. Si uno se queda atento, estas escenas se multiplican: aparecen impalas, algunos monos, un bote transportando turistas interrumpe la paz en el medio del río, así es África.

Los lugareños llaman a las cataratas “Mosi-ao-tunya” (que significa “humo que truena”) y dicen que todo aquel que visita las Cataratas Victoria debe mojarse para llevarse la visión, el sonido y el agua del Zambezi a sus tierras como un recuerdo inolvidable. Eso hicimos. Luego de recorrer las pasarelas terminamos empapados. Ya era casi el atardecer y el día nublado no nos permitiría ver las típicas luces como en las postales. Mejor, era una buena forma de tener una excusa para volver.

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