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Lesoto

 Historias Breves en grandes viajes es una sección del blog que busca recuperar las historias, anécdotas y pequeños sucesos de la vida viajera que quedan perdidos entre los post de grandes viajes.

[Historias Breves] Las mantas de Lesoto

Mientras me hospedaba en un hostel de Durban conocí a Sotiris, un guía que se dedica a organizar viajes por la zona de las Montañas Drakensberg. Las montañas Drakensberg se extienden a lo largo de la frontera entre la provincia sudafricana de Natal y Lesoto. Originalmente los primeros habitantes de estas tierras –los nguni- llamaban a las montañas “Ukhalamba”, que en la lengua local significa barrera. En realidad, los primeros hombres que habitaron estos territorios fueron los bosquimanos (bushmen), que vivieron en la zona como cazadores – recolectores y dejaron su huella a través de algunas pinturas en las cuevas en las que moraban solo por épocas, dado que el resto del año se dispersaban en pequeñas familias en busca de comida.

La paz de la vida de los bosquimanos culminó con la llegada de los primeros europeos. El establecimiento de colonias en África supuso una reducción de las oportunidades de caza para los bosquimanos dado que las tierras libres se redujeron. Intentando adaptarse a los nuevos tiempos los bosquimanos se dedicaron a la cría de ganado de las granjas de los colonizadores y esto no hizo más que perpetuar su dependencia y por ende, su pobreza. La actitud de los europeos hacia los bosquimanos fue de total desprecio desde el comienzo: apenas algunos los consideraba “humanos” y hasta organizaban juegos de caza para atraparlos. Hoy en día, los bosquimanos han desaparecido de la zona pero se cree que aún sobreviven algunos refugiados en Lesoto. Hacia allí íbamos.

Salimos hacia Lesoto en jeep avanzando por la carretera que cruza las montañas Drakensberg. El paisaje era realmente maravilloso. Las Drakensberg forman parte de una cadena montañosa bastante antigua por lo cual sus cimas son bastante redondeadas o incluso amesetadas y llegan a los 3.000 m.s.n.m. Llegamos luego de unas horas de andar al denominado Paso de Sani desde donde el camino baja bordeando precipicios hasta llegar a la frontera con Lesoto. Sotiris saluda a los funcionarios sudafricanos a quienes conoce de tanto pasar por aquí llevando turistas pero la amistad se acaba al llegar al puesto de Lesoto. Allí los dos soldados parece que estaban con ganas de recaudar y querían cobrarnos unos 50 euros de visado. La conversación se puso tensa en un momento pero terminó de un modo insospechado: en vez de pagar los 50 euros de visado les dejamos el diario y las frutas que llevábamos para el almuerzo y con eso, todos quedaron felices y contentos. Solo en África la coima es tan barata.  

Del lado de Lesotho, el paisaje se vuelve más agreste y hostil. Las montañas cubren gran parte de la extensión de este país cuya población vive sobre todo, en el ámbito rural, dedicándose a la agricultura y la cría de ganado. La mayor etnia que hoy en día habita estas tierras es la “sotho”, descendientes de los bosquimanos siendo el mayor subgrupo del pueblo sotho, el kuena, compuesto por las tribus molibeli, monaheng, illakuana, kxuakxuayfokeng. Todos ellos hablan el idioma bantú. Ahora bien, un detalle interesante: no importa cuál sea el pueblo que visitemos y a qué subgrupo responda, todos tienen algo en común: cada uno de sus miembros tiene una manta. De hecho, Lesoto suele ser denominado “el país de los hombres manta” porque sus habitantes van siempre abrigados hasta el cuello con mantas tejidas en telar para combatir las duras temperaturas de las altas montañas donde el frío sigue haciendo estragos en los pueblos que sobreviven en estas tierras áridas.

Las mantas se denominan “kobo” y son la vestimenta tradicional de esta zona, cumpliendo la función de abrigar y proteger de las bajas temperaturas, así como agregar color y distinción entre los habitantes que la usan. Existen “kobos” de distintos tamaños y para diferentes ocasiones: para la vida cotidiana, para casamientos, para reuniones sociales o lo que fuere. Los diseños actuales de las mantas kobo en realidad son una adaptación de las telas europeas que los habitantes de Lesoto recibieron a mitades del siglo XIX con la llegada de los primeros conquistadores. En ese entonces, la gente de Lesoto elaboraba sus prendas a partir de piel de animales; pero el clima extremo, los desastres naturales y las sequías, hicieron que el material se hiciera cada vez más escaso, haciendo atractiva la oferta europea de ropas confeccionadas a partir de fibras como lana y algodón. Al pasar los años, las mantas que en un principio eran blancas con tonos ocres o rojizos, pasaron a adquirir diseños gráficos más llamativos con variedad de colores y dibujos, convirtiéndose en la prenda tradicional del pueblo.

Visitamos un pequeño pueblo ubicado en un valle entre altas montañas. Apenas unas diez o quince casas conforman la aldea, todas ellas de forma circular y con un cerco perimetral de barro seco. Llevábamos algunas bolsas de alimento para dejarles y golosinas para los chicos. Sotiris siempre pide a los viajeros que lleva hasta Lesoto que lleven alimentos no perecederos para dejarles a las familias que se visitan. De hecho el pago del viaje fue eso y la nafta para el jeep. Dejamos varias bolsas con arroz, fideos y latas de conserva. Uno de los miembros ancianos de la aldea se acerca y nos agradece por la visita y los alimentos. Nos invita a pasar a su casa donde estaban cocinando unos panes. Sotiris y él charlan en bantú sobre algunos problemas que están teniendo con la cosecha por las heladas y el problema de los cuatreros que se roban ganado. Sotiris me traduce para que pueda entender algo de lo que conversan.

Las casas son muy rústicas, algunas de ladrillo otras de caña y barro. Apenas poseen algún mueble en su interior y los asientos son con hojas de algún árbol grande. En este parte del mundo se pone en evidencia la desigualdad. No hay hospitales ni colegios, tampoco luz ni agua. Solo pobreza y frío. Y viajeros, que llegan cada tanto, trayendo unas pocas cosas y son recibidos como reyes. En el día de hoy debo reconocer que tuvimos una verdadera lección de hospitalidad.

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